Excursión a Fredes En esta ocasión hemos sido 12 excursionistas, había muchas ganas por parte de la gente, pero diferentes problemillas han mermado al grupo. Salimos el viernes por la tarde, algunos a primera hora y otros justo después de recoger a los niños del cole.
Llegamos al pueblo de Fredes ya oscurecido y el recorrido hacia el refugio ya nos mostró lo apartado y salvaje del lugar en el que íbamos a estar durante el fin de semana.

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Llegamos justo a tiempo para tomar la cena que el guarda del refugio nos había preparado. Esa noche estábamos nosotros solos y después de salir, unos a ver las estrellas y otros a hacer señales de humo, nos acostamos. El sábado nos levantamos con muy buen humor, desayunamos abundantemente y a las 10 empezamos a andar, nuestro objetivo era ver dos ejemplares de árboles monumentales: el Pi gros y el Faig pare. El camino hasta allí fue una delicia, la atmósfera estaba clara y el día era muy luminoso.
Cuando llegamos al Pi gros cumplimos con la tradición de abrazarlo para lo cual hizo falta la participación de seis de nosotros.
Después nuestros ojos se maravillaron con la contemplación del Faig pare (el padre de las Hayas en castellano) que todavía lucía algunas hojas con las tonalidades otoñales. Nos hicimos las fotos de rigor y salimos rápidamente de la umbría en la que estos árboles son los reyes pero en la que hacía mucho frío.
Y después de una comida en un rincón soleado iniciamos el regreso. Llevamos un ritmo muy bueno debido a que los tres niños que venían (Carles, Carlos y Gonzalo que se portaron como unos jabatos) tenían mucho interés en llegar ya que se habían apostado el postre con Isabel y que se ganaron con todas las de la ley, esa noche Isabel se tuvo que conformar con un cigarrito como postre. En total habíamos andado unos 20 km, larga excursión pero de las más gratificantes. Cada uno se llevó a la cama las preciosas imágenes que había registrado en su retina.
A la mañana siguiente hicimos una corta excursión que fue la subida al Monte Negrell, corta pero gratificante. Desde esta cima se contempla desde el mar hasta un montón de sierras de Castellón y Teruel. Los que iban en cabeza tuvieron la suerte de ver unas cabras montesas.
Desde aquí empezamos la ruta de regreso, pero antes parando en Fredes y en concreto en su restaurante, creemos que nos habíamos ganado una buena comida y sin duda era un buen colofón.
Mientras esperábamos que sirviesen la comida los tres pequeños continuaron corriendo por las callejas del pueblo jugando a perseguirse. Es evidente que los niños son incansables y no hay excursión que no puedan dominar. Regresamos a Valencia con la ilusión de hacer pronto otra excursión.